Miguel A. Cabrera y Eduardo J. Martel
Decano y Vicedecano de la Facultad de Ciencias Exactas y Tecnología de la UNT
El sistema universitario de nuestro país debate sobre cómo impartir saberes que sean útiles al egresado en su vida profesional y a su vez mejoren los índices de retención y de egreso. En los últimos tiempos ha surgido una propuesta que hace foco en dotar de “competencias” al futuro profesional. Según se entiende de la propuesta, las competencias son aquellos conocimientos relacionados con el “saber hacer”, que -orientados a las necesidades del mercado laboral- serían los que permitirían al profesional insertarse en él.
En este contexto, los acelerados cambios que producen en la sociedad las tecnologías emergentes hacen parecer -según ciertas interpretaciones- a las ciencias básicas, o como se les llama ahora “tradicionales”, meros objetos de museo.
A nuestro entender ésta es la trampa del “falso conocimiento tecnológico del subdesarrollo”, modelo que conduce a ciudadanos informados, pero sin el tipo de conocimiento necesario para contribuir al desarrollo de una nación tecnológicamente soberana, en la aldea global. Siguiendo ese paradigma, produciremos profesionales para satisfacer el mercado laboral de servicios, sin capacidad científica para diseñar soluciones tecnológicas originales o innovadoras y resignando las capas superiores de conocimiento, en las que nuestros científicos y tecnólogos aún conservan prestigio y protagonismo. En el mejor de los casos, serán usuarios calificados de tecnología, pero no creadores de ella.
Como parte del debate, se puede percibir posiciones contrapuestas para la llamada enseñanza por competencias, en cuanto a su visión fáctica de los saberes tradicionales. Esta aparente dicotomía es falsa, pues en realidad todos los saberes son complementarios.
Análisis ligeros y superficiales pueden llevar a responsabilizar a las ciencias básicas, por su rigor y su contenido disciplinar, como las causales por las bajas tasas de egreso y la deserción en los claustros universitarios, como es el caso de las ingenierías, tan necesarias estas para el desarrollo de nuestro País. Algunas universidades, a fin de atraer el ingreso y facilitar el egreso, prometen remover de sus currículas en ciencias básicas, a la química -por obsoleta- y a la representación gráfica, porque aseveran que es posible reemplazarla por software amigables. En algunos planteos más osados se quiere avanzar incluso sobre las ciencias matemáticas y físicas.
Contrariamente a esta tendencia, en los países denominados desarrollados o centrales, por todos conocidos, que diseñan, desarrollan y fabrican productos con máximo valor agregado, estos han surgido como consecuencia de un sistema de educación superior que trabaja en la frontera del conocimiento y con importantes aportes al PBI nacional. El sistema científico tecnológico de esos países se nutre de egresados universitarios que han recorrido el camino del conocimiento fundado en los sólidos cimientos aportados por las ciencias básicas y sin atajos en su formación académica.
Más aún, esos países siguen invirtiendo fuertemente en centros de formación en ciencias básicas, escudriñando la naturaleza en profundidad, conscientes que de allí extraen las ciencias aplicadas los insumos necesarios que, luego devienen en un invalorable bien de utilidad social denominado “tecnología”.
Los relatos del garaje, con entusiastas jóvenes que diseñan -sin más armas que su entusiasmo- artilugios tecnológicos transformadores, es una fábula para guiones cinematográficos. Si el lector indaga lo suficiente descubrirá que, acompañando el entusiasmo e innegables talentos naturales, que no pueden faltar, deben existir brillantes estudiantes universitarios, sólidos equipos interdisciplinares de investigación y todo ello inmerso en un ecosistema científico tecnológico consolidado sobre las ciencias básicas.
No existe la dicotomía entre la teoría y la práctica, la clave es la conveniente aplicación de los principios teóricos, dentro de un marco articulado que combine virtuosamente los esfuerzos de un estado, con adecuadas políticas públicas de fomento tecnológico, un sector privado emprendedor y abierto a inversiones auténticas, con un sistema educativo que apueste a una sólida formación de sus egresados.
Repensar el sistema universitario con el sólo propósito de lograr una mayor concentración de estudiantes y una mejora estadística en la cantidad de egresados es una trampa para la sociedad. Es necesario generar un sistema que brinde una real igualdad de oportunidades, tanto para el ingreso y el progreso, como para el egreso de los estudiantes, que premie el esfuerzo por alcanzar un título profesional, con saberes anclados en los conocimientos básicos. Esto es válido para todas las ramas del conocimiento.
Una sociedad con profesionales sólidamente formados en ciencias básicas los prepara para el moderno desafío que representan las disrupciones tecnológicas cada vez más frecuentes y un mercado laboral cada vez más dinámico.